Mi amigo Eloy Velázquez necesita un elemento de partida lo suficientemente sugerente como impulso creador: el desgaste natural que el mar provoca en las maderas que arroja a las playas.
Sus esculturas surgen a partir de su visita a alguno de los «supermercados marítimos» que tiene perfectamente identificados en la costa santanderina. Es una forma de salirse de sí mismo en beneficio de la pura contemplación. Lo que observa en las maderas talladas caprichosamente por el mar le marca poderosamente el camino que va a llevar la obra, así el proceso estético resulta más sencillo, facilita la enajenación de lo particular (nuestras circunstancias) y permite la búsqueda de lo universal (la idea).
Las esculturas que salen de sus manos tienen la impronta de los años que su colega el mar ha ido modelando. En inicio son estructuras sugerentes que excitan su exquisita sensibilidad, y le transportan a un estado de conciencia superior. En esa situación trabaja siempre fiel a la coherencia interna que le marca el devenir de los cambios formales que experimentan los materiales según los va manipulando. El resultado es una legión de personajes sorprendentes, habitantes deun mundo irreal, con la característica común, si se observan con la devoción precisa, de resultar mucho más reales que el mundo visible que nos rodea. No pretenden manifestar otra cosa que su propia existencia, como testimonios atemporales de la colaboración de dos colosos de la escultura. En esta muestra en la galería Balta, la cuarta que realizamos juntos, tras las de Amsterdam, Berlín y Madrid, las esculturas de Eloy Velazquez y mis pinturas respiran el mismo aire santanderino, reforzando mutuamente sus cualidades plásticas y espaciales. Ambas son obras recientes, que tienen una referencia no explícita a los mares interiores de los que surgen. Las mías tras la inmersión de casi tres meses en la ría de Ortigueira, las de Eloy de una vida con el colega marinero que le acompaña siempre.
Manolo Oyonarte
Santander, abril 2026


